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La Mentira

Mentir es una de las prácticas más comunes del ser humano, pero también una de las que más deterioran la conciencia, rompen la confianza y se convierten en un vicio destructivo. La mentira nace del miedo, se sostiene en el orgullo y termina por esclavizar el alma.

Desde la perspectiva terapéutica la mentira funciona como:

• Mecanismo de defensa.

• Falsa protección.

• Conducta de evasión.

• Negación para no enfrentar la verdad.

• Ruptura de las relaciones interpersonales.

• Supresión de la voz de la conciencia.

• Obstaculiza la sanidad integral.

La mentira:

No protege, esclaviza.

No sana, destruye.

No edifica; corrompe y desvía del propósito y del destino de la persona.

Desde la perspectiva bíblica:

La mentira es uno de los pecados más comunes en el ámbito humano y espiritual. Su origen se remonta a Adán, quien, después de pecar, se escondió deliberadamente y, al ser confrontado por Dios, culpó a su mujer, e implícitamente, a Dios por haberle dado a la mujer.

Desde entonces, dos conductas han permanecido presentes en la vida humana: culpar y acusar. Este patrón es practicado por muchos de manera deliberada para evitar asumir la responsabilidad de su pecado. Todos resultan culpables… excepto la supuesta “víctima”, que afirma haber sido inducida a pecar. La mentira anestesia la conciencia, justifica el pecado y perpetúa en la esclavitud de la conducta.

Los labios mentirosos son abominación al Señor, pero los que practican la verdad son contentamiento.

Proverbios 12:22

Saber Oír

Saber Oír es la Clave de la Vida:

Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. 

Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó y fue grande su ruina. Mateo 7:24-26.

Jesús para enseñar solía usar analogías, en esta ocasión la usó para darnos la definición de dos tipos de seres humanos, y la diferencia entre ambos. Usaré esta analogía sin fines religiosos, ni teológicos, sino para el propósito del contenido y su entendimiento.  

El primer hombre es comparado con un hombre prudente, que quiere decir: uno que sabe oír, es responsable y comprometido con su vida. Su prioridad es su desarrollo personal. Es consciente que necesita desarrollarse, para convertirse en su mejor versión. Cuando se presentan las tormentas, no reniega, ni se deja invadir por el miedo, sino la ve como una oportunidad, porque sabe que tiene sabiduría, inteligencia, y la solución, para prevalecer ante la adversidad. 

Conoce bien el balance, es decir, sabe cómo y cuándo actuar ante una tormenta. Es consciente que él es la solución del problema y no el problema. Desde su aquí y ahora, planea las estrategias, revisa sus recursos, es objetivo y efectivo, en su desempeño y funciones como ser humano. 

El segundo es comparado con un hombre insensato, que quiere decir: sordo, indiferente, soberbio, negligente e ignorante. Le da poco, o nada de interés a su crecimiento personal. Maneja su vida como víctima o villano. Su prioridad es la apariencia, le gusta impresionar, tiene rasgos de narcisista, le gusta ser reconocido como buena gente, es altruista, carismático y empático.

Pero cuando le llegan las tormentas; improvisa, se angustia, se estresa, es débil de carácter, evade, se esconde, se enferma para no enfrentarse a la adversidad. La vida la vive desde su pasado; con miedo, resentido, amargado, infeliz, juzga, critica, culpa, se victimiza, es ingenuo, inseguro, indefenso y solitario. 

Cuando la vida se edifica en fundamentos inconsistentes, es decir, en arena, la tragedia es doble: en el momento de la tormenta se da cuenta de que no está preparado para lidiar con la adversidad, y los retos que trae toda tormenta. 

Cuando a estas personas les toca vivir una tormenta, desesperados salen en busca de ayuda pretendiendo ingenuamente que alguien les dé la solución mágica para resolver la adversidad. Los sucesos inesperados de la vida nunca los sabremos, lo que sí es posible saber, es qué tanto crecimiento personal y madurez tenemos para enfrentarnos a la adversidad. 

Una tormenta tiene dos aspectos útiles. Uno, se activan los sensores de nuestra autoestima, poniendo en acción nuestros dones y habilidades para lidiar con las adversidades.

Dos, toda tormenta nos impulsa a separarnos de nuestra área de confort, porque sin separación no hay transición, no hay crecimiento, no hay evolución. Pero hay algunos, que prefieren lamentarse, que pagar el precio que la vida nos demanda.

Sacar a Dios de la ecuación de nuestras vidas tiene sus consecuencias, lo vimos en el ejemplo anterior; el primer hombre prevaleció, el segundo hombre fracasó. Tener crecimiento, entendimiento y madurez en tiempo de las tormentas, produce fortaleza, paz, y gozo.

La Puerta

En una tierra en guerra, había un rey que causaba espanto. Siempre que hacía prisioneros, no los mataba, los llevaba a una sala donde había un grupo de arqueros de un lado y una inmensa puerta de hierro del otro, sobre la cual se veían grabadas figuras de calaveras cubiertas de sangre. En esta sala el rey les hacía formar un círculo y les decía entonces…

Ustedes pueden elegir entre morir atravesados por las flechas de mis arqueros o pasar por esa puerta misteriosa. Todos elegían ser muertos por los arqueros. Al terminar la guerra, un soldado que por mucho tiempo sirvió al rey se dirigió al soberano y le dijo:

—Señor, ¿puedo hacerle una pregunta? Y le responde el rey: —Dime soldado. —¿Qué había detrás de la horrorosa puerta? —Ve y mira tú mismo, respondió el rey. 

El soldado entonces, abrió temerosamente la puerta y, a medida que lo hacía, rayos de sol entraron y aclararon el ambiente y, finalmente, descubrió sorprendido que la puerta se abrió sobre un camino que conducía a la libertad.

El soldado admirado sólo miro a su rey que le decía: —Yo le daba a ellos la elección, pero preferían morir que arriesgarse a abrir la puerta de la libertad.

Moraleja:

Cuántas puertas dejamos de abrir por el miedo a no arriesgarnos. La conducta está asociada con la inseguridad, porque el inseguro es: desconfiado, miedoso, cobarde, le aterra lo desconocido. A diferencias del atrevido: es definido, constante, y luchará por sus ideales, contrario al miedoso: que se bloquea, se paraliza, cautivo de sus miedos.

Te quiero compartir cuatro competencias, para tu desempeño en tu peregrinaje del presente año; que fortalecerá tu carácter, ajustándolo al presente mover global.

1. Valor: yo soy yo; en el mundo entero no hay una persona igual a mí. Yo soy dueño de mí, y responsable de mis errores, por lo tanto me puedo administrar, para no caer en la codependencia. Soy una persona creativa por naturaleza, yo tengo mis propias formas de hacer las cosas diferentes a los demás. 

2. Riesgo: riesgo versus temeridad. El temerario desafía el peligro deliberadamente. Riesgo quiere decir: yo tengo el derecho a equivocarme, a cometer errores, a fracasar, porque no soy infalible; asumo responsablemente mis errores sin buscar culpables. Desde esa conciencia, puedo reinventarme para emprender una nueva oportunidad con determinación. No importa mucho el qué dirán, sino qué quiero yo, cuándo, cómo y dónde. 

3. Comunicación: yo tengo el derecho de expresar con respeto, dignidad y honor, mis pensamientos y sentimientos; independientemente de la opinión de los demás. Tengo el derecho a decir: sí quiero, no quiero, sin sentirme culpable, porque soy libre para elegir lo que yo quiero para mí. 

4. Límite: no permitir dejarme usurpar por nadie. Yo abro mí puerta, yo cierro mí puerta, pero tampoco tengo permiso de usurpar la puerta de nadie. Quien es capaz de respetarse, es capaz de respetar también a su prójimo. 

Jesús dijo: Yo soy la puerta, el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.

Juan 10:9

Reconciliación desde la Perspectiva Bíblica.

La reconciliación es el lenguaje del Reino de Dios. No surge de la iniciativa humana, sino del corazón herido de Dios tras la ruptura que produjo el pecado de Adán. Sin embargo, en Cristo se abrió un camino seguro para regresar al Padre, y ese mismo camino nos convoca a restaurar nuestras relaciones con otros (2 Corintios 5:18).

La reconciliación no consiste únicamente en resolver un conflicto, sino en reintegrar lo que el pecado fracturó. Dios es quien toma la iniciativa: Él nos reconcilió consigo mismo por medio de Su Hijo Jesucristo (2 Corintios 5:20).

Cuando elegimos reconciliarnos, reflejamos el carácter del Padre y el amor con el que fuimos alcanzados. Jesús nos enseñó que, antes de presentar nuestra adoración, debemos procurar restaurar nuestras relaciones y caminar en integridad relacional (Mateo 5:23–24).

Reconciliarse demanda humildad para renunciar a derechos personales y obediencia para perdonar. Este acto genera paz interior, sana el alma y restaura vínculos. Los hijos de Dios no solo recibimos reconciliación; también somos llamados a ser pacificadores y a conducir a otros de vuelta a Dios mediante el ministerio de la reconciliación.

Reconciliarse no es señal de debilidad, sino de madurez espiritual e inteligencia emocional. Implica morir al ego para que prevalezca el propósito. Donde el orgullo se rinde, la gracia edifica. La reconciliación es restauración, es gracia y es vida.

Te animo a que, antes de concluir este año, consideres la posibilidad de reconciliarte: con Dios, contigo mismo o con cualquier persona con quien exista una brecha. No permitas que cargas del pasado crucen contigo al año nuevo que estamos por recibir.

Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de reconciliación. (2 Corintios 5:19)

El Peso de los Secretos

Guardar un secreto puede parecer una forma de protegernos a nosotros mismos o a los demás, pero, con el tiempo, puede transformarse en una carga silenciosa que desgasta todo nuestro ser: mente, cuerpo y espíritu.

La ciencia lo ha comprobado en numerosos estudios: ocultar información emocionalmente significativa activa las mismas áreas del cerebro que responden al estrés crónico. El Dr. James Pennebaker, de la Universidad de Texas, demostró que las personas que reprimen experiencias dolorosas presentan una presión arterial más alta, un sistema inmunológico debilitado y síntomas de ansiedad o depresión. Lo que se oculta en el corazón inevitablemente se manifiesta en el cuerpo.

Desde la psiquiatría y la psicología se comprende que los secretos no resueltos generan una disonancia interna: un conflicto entre lo que somos y lo que mostramos. Esa división interior roba energía emocional, perturba el sueño y debilita la capacidad de conectarnos con los demás de manera genuina. Vivir con secretos es como caminar con una piedra invisible en el alma: cada paso se vuelve más pesado.

Los secretos desde una perspectiva espiritual:

El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

Proverbios 28:13

Lo que no se confiesa se convierte en una sombra que impide que la luz de Dios sane el corazón. Cuando un secreto gobierna, produce culpa, vergüenza y miedo: enemigos directos de la autoestima. Pero cuando la verdad se expresa, aunque duela, se abre la puerta a la libertad, al perdón y a la sanidad interior.

Guardar secretos puede parecer fortaleza, pero liberarlos con sabiduría es auténtica sanidad. La verdad no destruye: purifica. Solo quien se atreve a vivir en transparencia puede experimentar la paz profunda que nace de una conciencia limpia y de un corazón en luz.

Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.

Salmos 32:3

El silencio prolongado enferma el alma e incluso enferma al cuerpo; pero la confesión sincera renueva la vida. Cuando permites que la verdad salga a la luz, el alma descansa y la gracia de Dios hace el resto: sanar desde adentro con su amor.

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