Frustración:
Es una palabra que no gusta mucho. Le hemos agarrado cierta manía, por sus connotaciones. La asociamos con insatisfacción, con resentimiento, fastidio, sufrimiento, depresión, no poder hacer lo que uno quiere. Lo cierto es que hasta los recién nacidos protestan; los niños ante la realidad, los jóvenes ante la sola posibilidad y los adultos por el recuerdo.
Si revisaremos con atención toda nuestra vida, seríamos conscientes que está ha sido un continuo enfrentarse, desde que nacimos hasta que morimos, a situaciones de frustración. Sería tan dañino para una persona vivir totalmente privado de frustraciones, como vivir sumergido en ellas. La mejor prueba para saber acerca del equilibrio emocional de una persona es observar que hace con la frustración.
La frustración tiene sus aspectos positivos. Conocemos la diferencia entre un niño que todo se le permite, jamás se le dice no, y otro que recibe su buena dosis de frustración y contrariedad en la vida.
La diferencia puede implicar fracaso para el primero y éxito para el segundo. Cuando uno se topa con estos niños llorones, fastidiosos, malcriados, de mírame y no me toques, sabe que está delante de uno de esos fenómenos, que los padres han claudicado por el miedo de hacerle daño. Lo han convertido en un pequeño tirano, con la excusa de tener que darle a su hijo lo que ha ellos no le dieron. Un organismo vivo y consciente en estado de frustración, tiende a buscar y a encontrar alternativas, en contacto con su sí mismo. La frustración nos activa la conciencia, recordándonos, que poseemos las armas necesarias para darle frente para resolver cualquier frustración que la vida nos presenta. Nadie se escapa de la frustración, todos somos visitados por la frustración.
Frustración es cuando no se satisface una necesidad, cuando no se obtiene lo que se quiere, cuando se niegan o bloquean los objetivos. Todo obstáculo es fuente de frustración. Los imprevistos, los de repente, las cosas que suceden y nos hacen cambiar de planes, implican frustración. Todos los tropiezos que se presentan en el camino, conocidas o desconocidas, siempre nos hacen conscientes de que nada está bajo nuestra voluntad y control. El organismo tiene conciencia que no todas sus necesidades van a ser satisfecha. La frustración aparece cuando una o varias necesidades no son satisfecha o cuando no se alcanza el objetivo o algo lo tropieza. Nadie tiene todas sus necesidades cubiertas.
Hay quienes tienen lo material y se sienten vacíos o les falta cariño de alguien; otros carecen de medios económicos y les sobra amor. Hay situaciones de pérdidas, de enfermedad, de crisis, que conllevan a frustración. El hecho de que uno concientice sus necesidades insatisfechas no necesariamente disminuye la posibilidad de sentir dolor, rabia o miedo. Los humanos, quizás más que ningún otro ser vivo, maneja la frustración en formas diferentes.
Algunos se resignan, se entregan, se rinden, negando el sí mismo, utilizando un lenguaje conformista. Ejemplo, “No hay remedio”, “Qué le vamos a hacer”, “Esa es la voluntad de Dios”. Estas son algunas de las afirmaciones preferidas, con ellas pretenden reforzar su paradoja de debilidad y víctima para seguir con el control. Hay personas que tienen la imagen de un Dios policía, que algún día premiará a los buenos y castigará a los malos.
Otros utilizan el trueque, por ejemplo: “Te doy y medas”. Intercambias, cuando no quieres ver la realidad detrás de la frustración, buscará sustituir lo desagradable por sensaciones más placenteras. A muchas personas les resulta difícil negar conscientemente que se sienten frustrados, les cuesta asumir la responsabilidad por la situación, por sus vidas y por los sentimientos que experimentan. Terminan pactando con la desvalorización. Nada raro que, para estos humanos la vida tenga, paradójicamente un solo atractivo: La mala vida.
Finalmente, otros la manejan folklóricamente: Con amuletos, sortilegios, ensalmes y todo un montaje ritual, buscando poderes mágicos que los protejan y den solución a sus males. Rezan, cantan, bailan, se portan bien, juran, hacen votos, promesas. Cultivan un Dios de mercado, que resulta ser una comodidad más y nunca una experiencia espiritual.