Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Hebreos 11:1
Parafraseando este versículo: la fe, la creencia y la esperanza no son ideas aisladas, sino tres columnas de una misma realidad espiritual. Es decir: creo, declaro y espero la recompensa. Creer es tener la convicción inquebrantable de que lo que anhelas ya existe, aunque aún no puedas verlo con tus ojos naturales.
Cuando crees, activas la fe, y la fe mueve el cielo a tu favor, conforme a la voluntad de Dios. Entonces, entra en escena la esperanza. Es en ese punto donde esperar con paciencia se convierte en la antesala de la recompensa, de aquello que has declarado en el nombre de Jesús. Cree, presenta tu petición delante de Dios con fe sin dudar nada, porque lo que pidas con fe, cuando está alineado con la perfecta voluntad de Dios, será tuyo. La fe auténtica siempre es recompensada.
Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. Hebreos 11:6
La fe es un don de Dios; por lo tanto, trasciende la razón, la lógica, las emociones o cualquier explicación neurocientífica. Hemos sido diseñados con la más alta tecnología espiritual: Dios colocó en cada uno de nosotros un “chip” llamado fe. Lo implantó en nuestro espíritu para que podamos vivir una vida espiritual auténtica.
La fe es como un Wi-Fi divino: nos mantiene conectados y sintonizados con Dios, permitiéndonos vivir en plenitud, en espíritu, alma y cuerpo, según nuestro diseño original.
Hazte una pregunta: ¿Estás ejercitando tu vida espiritual con la fe que ya tienes? ¿O es que acaso ignoras que Dios ya depositó en ti todo lo necesario para cumplir tu propósito? ¿O será que tú problema es la incredulidad, que te hace dudar de lo que ya posees en tu interior?
Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta. Santiago 2:26