La educación de los hijos es de los padres, de persona a persona y todo comienza por el contacto y el modelaje. Educar es sacar el potencial del hijo, lo mejor del hijo. La autoestima del niño no es algo que se le da o algo que se improvisa. Autoestima es la energía que el niño posee intrínseca, para desarrollarla y ponerla al servicio de sus necesidades y propósito de vida.
Los primeros siete años de vida del niño son clave, porque la autoestima quedará acondicionada por el medio ambiente que le proporcionen sus padres, es decir, durante este período se instalan las programaciones que serán la referencia, la guía que lo llevará al camino del éxito o del fracaso, todo dependerá de la programación que haya recibido. La función del padre es educar, influir, informar, modelar, guiar, corregir, para ir formando el carácter, la personalidad, el significado y propósito de la vida del niño. Los padres son los portadores de la vida, y con ella viene la autoestima, los dones, los talentos, las competencias, el aprecio del hijo por sí mismo.
Los padres como educadores tocan lo esencial, lo medular, lo íntimo del hijo, dándoles a cada hijo valor, significado, sentido e importancia, y el respeto que merecen como personas. Son los padres los encargados de darles los principios, los valores, el respeto por la vida, por sí mismo, por el otro, por las instituciones y por las autoridades. Si los padres se niegan a ser educadores, los hijos llenarán ese vacío provocando eventos tales como: accidentes, enfermedades, vicios, problemas de conductas, problemas con la ley, etcétera. Nadie debiese atreverse a traer un hijo a la vida, sin la conciencia que ser padre es ser un educador.
Ningún padre debiese incumplir la exigencia de ser presente, de hacer contacto, de dar información, de organizar los contextos del hijo, de darle apoyo y ejemplo; y si los padres no saben, entonces deberían entrenarse para poder asumir responsablemente la paternidad, protegiendo al niño del peor de los enemigos, la ignorancia de los padres. Si se deja a un lado al padre, quien realmente tiene la magia para curar las heridas del alma; que es la raíz de los problemas, le quitan la responsabilidad, pero al hijo le quitan el derecho de que su padre lo eduque, lo forme y lo prepare para el peregrinaje de la vida.
Ni el gobierno, ni ninguna institución podrán sustituir a los padres; si la familia es la clave y los padres son los responsables, entonces tendríamos que educar a los padres para que sean ellos los educadores de sus hijos. No es una responsabilidad que un padre pueda declinar o eludir. Por eso pienso, que una mejor forma de usar los recursos del gobierno sería dándole formación a los padres para que sean más efectivos en su desempeño, competencias y comunicación; de la misma manera que se entrena una persona para obtener cualquier tipo de licencia.
Los padres son educadores, los demás colaboradores. Una cosa es enseñar una asignatura, pero otra cosa es educar a un hijo para la vida. Si un padre no tiene la formación para ser un padre efectivo, habría que exigirle que adquiriera las competencias. Un hijo es una persona importante, que tiene el derecho a ser educado y guiado para desarrollar la plenitud de su autoestima. Si se le exige preparación al médico, al abogado, al enfermero, al maestro, al policía, se le debiera exigir igualmente al padre; que es la persona que más influye sobre los procesos de vinculación, formación y dirección del hijo.
Cuando decidimos tener un hijo, la responsabilidad inherente es garantizarle a cada hijo, las mejores oportunidades para su desarrollo integral. Hace falta que los gobiernos y organismo internacionales sean conscientes de la raíz del problema, y destinen presupuestos a la formación de padres, para así, disminuir los problemas de abandono, maltrato, desintegración, ignorancia, etcétera. La desidia, el desinterés y la indiferencia, es la enfermedad que padecen muchos padres, y esto es lo que les impiden ejercer su liderazgo y su responsabilidad de educar a sus hijos, formar familias saludables, equilibradas y con un buen nivel de autoestima.
Instruye al niño en su camino, y cuando fuere viejo no se apartará de él. Proverbios 22:6