Las dulces mentiras. El amor se vive como la vida misma, de verdades y mentiras. Y cada uno termina creyendo lo que quiere creer. Amar a otra persona siempre tiene la semilla del riesgo y la polaridad. Lo simple tiene que ver con las circunstancias: el cuándo, el hasta cuándo, el dónde. Lo complicado con las interrogantes sin respuestas es que muchos ni se las plantean. Dicho de otra manera, la mayoría de los seres humanos desde sus limitaciones, jamás descifrarán la polaridad esencial del amor. Por la misma razón que te amo, te rechazo. Las incongruencias las expresamos con frases y canciones sobre el amor, cada una más complicada:
El hombre de mi vida… La mujer ideal… Mi otro yo, mi media naranja, mi costilla… Si somos iguales seremos felices… Sólo ella me comprende… Tu vida y la mía, una sola… Mi vida eres tu… Me moriría sin ti… No puedo vivir sin tu amor… Tu eres la única razón de mí existir… Mujer perfecta… El hombre de mi vida… Ni la muerte nos separará… Estas generalizaciones, añaden dramatismo a la relación pero no la hacen más consistente ni duradera. La experiencia nos dice que todos las hemos declarado en algún momento especial, para después sentir el vacío y la soledad, al descubrir que tanta belleza estaba sólo en nuestras cabezas e imaginaciones.
Así pensaron muchos antes de formar pareja y al término de dos años ya todos esos sentimientos se han cambiado en resentimientos e indiferencia, persecución y martirio. La razón es simple; porque añaden mucho de simetría a la relación impidiendo un desarrollo normal de la relación misma. Posteriormente vienen los hijos, los suegros, el trabajo, los amigos, las amigas y muchos extraños que entrarán en la intimidad de la pareja, contribuyendo a debilitarla y hacerla perecedera. Y cuando se dan cuenta están totalmente intervenidos por el chisme, el cuento, la maledicencia, la coalición o una serie de relaciones simétricas que terminan con la pareja.
A veces la mujer prematuramente pasa a ser madre, dejando de ser mujer. Atender al hijo le es más satisfactorio y le produce más beneficios que su propia sexualidad, y para hacerlo más disfuncional para ella, se dedica al cuidado de sus padres o algún miembro familiar, poniendo en riesgo la relación de pareja. La mujer evidentemente pasará a un segundo plano, dejándole el camino libre al hombre. El hombre, como hombre, se las entiende afuera, porque los paradigmas y la cultura le proporcionan otras alternativas. La relación de pareja es una experiencia de contactos especiales; cuando estos contactos no se dan o se empobrecen surge como alternativa la necesidad de poder sobre el otro o de controlar la relación.
El poder y el control, destruyen la esencia de la relación; y los coloca a ambos en posiciones de simetría, de superior e inferior, lo que provoca descalificación, desvalorización y mucho resentimiento. Donde hay odios, es difícil que se pueda cultivar el amor. Toda suposición empobrece y mata a la pareja. Y entonces: ¿Cuál es la verdad de la pareja? Tiene que existir una manera de ser pareja. Lo aprendido no nos ayuda. Lo jerárquico resulta insostenible y contradictorio a la dignidad de la persona. Hay un camino que nos falta por explorar, invertir por crecimiento personal, para revisar paradigmas, aprendizajes, modelos y eventos que nos han hecho distorsionar la verdad de una relación de pareja saludable.
Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Eclesiastés 4:9