Preguntando se llega a Roma. Desde que nacimos, la vida se nos ha ido preguntándonos. Y yo, ¿quién soy? y yo, ¿para qué nací? Esa es la pregunta de las preguntas. La que todos nos hacemos a diario, a nosotros mismos y solo un pequeño porcentaje atina a responder.
¿Para qué nací?, es la pregunta que dejamos para después, porque somos demasiado niños para… o porque no hay tiempo para… o porque otras cosas son más importantes… Entonces las archivamos en el inconciente, en esa caja negra que inventó Freud, para después tener que acudir a un experto en secretos del alma que nos de su interpretación y quedar de por vida dependiente de la fantasía de alguien aunque tenga poco de verdad.
Después sobreviene el accidente, la enfermedad, la tragedia, el fracaso de la relación y la pregunta volverá a aparecer, pero esta vez acompañada de mil fantasmas, con polaridades que trataremos de racionalizar e interpretar para tener una respuesta, aunque sea fabricada e incorrecta.
Lo cierto es que así llegamos a los cuarenta o cincuenta, demasiado viejos para… y vivimos la mejor etapa de la vida, buscando modelos, métodos y fórmulas, y ya a los sesenta o setenta años con una hoja de vida sin mayor brillo, nos quedará recordar que mi vida nunca fue mía, sino la de mis padres, mi pareja, mis hijos, mis nietos, mis amigos y que he vivido para complacer, para hacer feliz a otros, para sacrificarme y olvidarme de mi mismo.
Vivir sin conciencia es vivir de la culpa y del resentimiento y tener que buscar en el archivo de los recuerdos, un pasado que ya no existe, los dolores, las pérdidas, los abandonos, las traiciones, instalados en el cuerpo como síntomas y enfermedades que a nadie importan. Yo me atrevería a decir que quienes llegan a esa etapa de la vida, sin haber encontrado sus propias respuestas, no se han dado mucha importancia a sí mismo y quizás ni la oportunidad para morir con la conciencia de haber hecho algo útil, digno y honroso como la máxima creación del planeta.
Algunos llegarán a vivir de las sobras, de las migajas, de la caridad, de una vejez sin conciencia, lo que la vida les depare. Otros vivirán con lo poco que almacenaron, porque su objetivo habrá sido vivir para morir, vivir para sufrir, vivir para complacer o para tener, o sea, vivir para nada.
La pregunta seguirá siendo: ¿Qué significa vivir? ¿Qué significa amar? ¿Qué significa ser útil? ¿Qué significa ese lento morir que es la vejez? Tener que llegar tan lejos sin respuestas, porque pareciera que entonces la soledad, los achaques, los recuerdos y los que se han ido, se apoderan de los que no tienen la respuesta correcta. Entonces vivir será recordar el pasado.
Sorprende que muchos llegan tan lejos, tan distantes y tan ajenos de sí mismos, que para cuando mueran, tendrán entonces que decir como Beethoven, sin tener nada que preguntar: “Señores, la comedia se acabó y ahora los amigos aplaudan”.
La respuesta a la pregunta inicial está en cada ser humano, pero es responsabilidad e interés de cada ser humano, encontrar su verdad, ¿para que nací? porque sólo la verdad nos hará libre… Mí autoestima soy yo, un ser trino: espíritu, alma y cuerpo, estos tres componentes trabaja individualmente en armonía para darnos vida saludable, abundante, próspera, exitosa y plena, para el propósito, destino y consumación de vida.