Perdonar o pedir perdón, no es una opción sino una decisión, pero no se debe perdonar desde una creencia religiosa, o por influencia familiar, o por presión social, sin antes tratar la herida emocional que nos causó la mala acción de alguien.
El dicho popular: “perdono, pero no olvido”, no es verdad. Si no separamos la emoción del recuerdo, mantendremos vivo el recuerdo, quedando prisionero del pasado. Cuando perdonamos, perdonamos no lo que nos hicieron, sino a la persona que nos causó el daño emocional.
Las emociones existen en nosotros para expresarlas correctamente y en contexto, especialmente porque nos salvan preservando nuestra salud mental y física. Después viene el perdón, que es la garantía Espiritual que la herida quedó curada y cerrada.
Jesús el Hijo de Dios, perdonó al mundo desde la cruz, pero antes de subirse a la cruz en el Getsemaní dijo: mi alma está muy triste hasta la muerte. Jesús lidió emocionalmente la injusticia de los hombres contra él, aún cuando era profético que tenía que morir y resucitar.
Este ejemplo nos muestra la evidencia, que hay un orden, un contexto en el proceso del perdón. Cuando por diversas razones lo ignoramos, estamos atentando en contra de nuestra autoestima, la responsable de nuestro bienestar integral: mente, cuerpo, espíritu y relaciones.