El presumido: le encanta impresionar, sobresalir, Le gusta adoptar poses para aparentar lo que no es ni tiene, para vender la imagen de ser más de lo que realmente es. Coloquialmente le dicen: la última Pepsi- cola en el desierto. Es dramático e hipocondríaco, su propósito es llamar la atención, grita en vez de hablar, gesticula aspaventosamente para que todos se enteren que llegó el propio, el verdadero. Su contacto es frío cuando se trata de socializar. Deliberadamente es impuntual, porque cree que todos deben esperar por él. Cuando llega a algún lugar público, busca atraer todas las miradas, repartiendo saludos, abrazos y besos, para que digan lo demócrata que es, lo simpático, lo popular, pero su coartada es que todos pregunten: ¿quién es esa persona?
Si le fuera posible, detendría el tráfico fingiendo que el auto se accidentó, para llamar la atención. Hoy muy de moda los “selfies”, otra forma de llamar la atención, ¡¡sube fotos a las redes sociales para que todos digan wow!! Una forma ingeniosa para llamar la atención e impresionar a todos sus contactos y seguidores. El presumido vive su ritual de narcisismo y de inseguridad, de hechicería, pedantería sin fundamento ni sentido, un estilo de vida que lo hace inconsciente de su propia definición, de un marginal olvidado de sí mismo, ajeno de su realidad interior. El presumido nace del abandono inicial y del resentimiento, con una visión desvalorizada de sí mismo y de sus capacidades y objetivos de vida.
Presumir es jurar no volver a un pasado cruel y pobre. Resentido con su pasado, envidia y critica a los que tienen y pueden, porque él se quedó rezagado, frustrado y amargado. El presumido quiere el poder a toda costa, para hacérselo saber a amigos y a enemigos, pretendiendo someter a todos a una patología individualista carente de sentido, porque le da la gana. El presumido hace del poder un constante abuso, que va desde el presidente de una nación, hasta su equipo de colaboradores. En buena parte, ignoran el significado de una gerencia de servicio para la comunidad. Lo más grave de esta presunción, es que gobernantes y gobernados engrandecidos en su orgullo personal, creen que pueden disponer de las conciencias, de los talentos, de las voluntades, de los recursos, porque ellos son los que mandan y pueden.
En el fondo la necesidad del presumido: es de “ser alguien”, porque no se siente “nadie”, ni reconocido, ni atendido, ni tomado en cuenta. El presumido busca aprecio y valor, mediante el poder o por lo que tiene. El presumido busca importancia haciendo que los demás se fijen o hablen de él. Que lo tomen en cuenta, aunque mienta, pero con tal de que hablen de él. El presumido no es mala gente, ni tiene malas intenciones, ni busca dañar a nadie, más bien pretende enganchar al otros, también inconscientes como él, para que lo afirmen, lo reconozcan, le adulen y lo lisonjeen. Detrás de un presumido hay un abandonado y muchos lo llevan en la sangre, formando parte de un estilo de vida y paradigma social.
En fin: presumir es la negación del sí mismo auténtico (autoestima), de la presencia y fuerza interior, independientemente de lo que el otro diga o piense de mí. Todo tiene que ver con la pobre autoestima que dejó el abandono inicial, condición que lo hace comportarse como niño inmaduro, sin crecimiento, ni desarrollo personal, con una visión muy corta de sí mismo, sensible y vulnerable.
Recomendaciones: un factor importante para hacer cambios, modificaciones o ajustes en una conducta es ser consciente del problema para reinventarse con decisión y fe, es la fórmula para convertir una conducta disfuncional que atenta contra la autoestima en su expresión natural, quién soy yo, aquí y ahora.