Marginalidad, es en toda la extensión el problema, una definición del sí mismo, una carencia de contexto y una ausencia de adjetivos personales. Es un problema de autoestima estructural. Tener la decisión de sentir, pensar y actuar marginalmente, no es debido a que alguien o me quiera. Yo mismo me coloco en una posición de desventaja. No existe el poderoso que me destruya o levante, ni el salvador que me socorra contra un agente extraño. Existo yo, polarmente dividido, entre dos fuerzas más: Poder-debilidad; agresividad-pasividad; interno-externo; quien he dejado de ser responsablemente de mi propia experiencia.
Marginalidad es la renuncia a hacer uno mismo, a quererse, a utilizar su creatividad para encontrar nuevas alternativas. Marginalidad no es precisamente pobreza, es más bien carencia, desarraigo, desubicacion, y amarga resignación. La marginalidad es una decisión de la persona a ponerse a un lado, hombre-mujer, rico-pobre, intelectual-analfabeta, sin responsabilizarse con el hecho de su vida y su energía para llegar a donde quiere llegar. El marginal está a merced de lo externo, de los sucesos, de la ideología, de la política, de los movimientos, de las situaciones, de los accidentes, de los de repente y los quizás. Los fenómenos de la naturaleza convierten al marginal en damnificado, los factores socioeconómicos en proletario y las revoluciones en rebelde o delincuente.
Y siempre en las democracias saldrá un gobierno de turno, populista y maternalista, que busque aprovechar al marginal para convertirlo en un parásito del sistema un eterno adulador, dependiente e hipotecado. El que tiene sin tener, ahora tendrá menos porque le quitarán la honra, la libertad de expresarse y de usar alternativas y el que hace de papa postizo, seguirá predicando tercamente que los males de nuestra sociedad se remedian si le quita al que tiene, para darle al que no tiene. La política y la forma de practicarla, también tiene que ver con la autoestima. Todo lo que concierne a manipulación a la manipulación del poder es problema de autoestima.
El hecho que en el desarrollo político de una nación existan tantas personas mediocres, ostentando y buscando un poder que no les pertenece, disfrutando de bienes que no son suyos y teorizando sobre la vida de los pueblos, desde su propia ignorancia, es cuestión de autoestima. De unos porque los dejamos existir y hacer daño a sus anchas en un sistema de democracia blandengue y permisiva, de otros que quieren vivir aprovechándose a “ganancias de pescador”
La frase “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen” es valida cuando hablamos de autoestima. La democracia es la máxima expresión de la persona, de la autoestima de cada ciudadano en contexto social, donde cada quien se responsabiliza de sí, de su dignidad, de sus decisiones, de sus acciones. Cuando falta autoestima como base de sustentación, la democracia como forma y estilo se convierte en una mentira cómoda y en una manipulación torpe del ser humano, las peor de las tiranías: La de los mediocres.
Las tribus primitivas, incluyendo las salvajes, poseían gran sentido de identificación como pueblos. El elemento autoestima era importante. La identidad de ese pueblo no era solamente el acerbo de proezas y hazañas del pasado, sino la conciencia de cada individuo ubicado y arraigado en el conjunto total, sinergéticamente. Parte de nuestra ineficiencia de resolver problemas, está en los planteamientos extraños de alguien, necesariamente, tiene que ser superior, tecnológicamente más avanzad, económicamente más desarrollado y bélicamente más armado, sin tomar mucho en cuenta todo lo que se está viviendo y arriesgando.
Robert Park acuño el término “marginal” para designar lo que Simmel más tarde llamaría “el extranjero”. “Aquél a quien el destino ha condenado a vivir en dos sociedades, en dos partes, no solamente diferentes, sino antagónicas”. Y lo que Ruster explico en detalle: Marginal, es uno que vive en dos culturas incompatibles o conflictivas y que participa en alguna manera de ambas e incorpora dentro de sí mismo, muchas ideas, actitudes y hábitos divergentes. Uno qué excluido de la participación completa en la cultura, pero que no ha adquirido es status de extranjero.
Se habla de marginalidad económica, educativa, cultural, social, y hasta ecológica. Marginal, en general, es el que esta al márgen, no entra se queda afuera, no queda incluído. Está limitado por los límites de la propiedad, de los valores, de la costumbres, de la geografía misma. Es el hombre que esta en la ciudad, sin vivir en ella. Está atrapado en dos culturas, sin pertenecer a ninguna de ellas.
Marginal podría ser el judío o el puertorriqueño en New York o el chileno en Los Angeles o el cubano en Miami o el argentino en Paris o el palestino en Jerusalén. Los campesinos son marginales, cuando abandonan sus propias tierras y se arriman a barrios empobrecidos, en grandes ciudades. Marginales son grupos minoritarios, las mujeres en una sociedad machista o los negros prejuiciados racialmente. Hombres insignes, destacados en todas la áreas del saber y hacer, vivieron como marginales.
George Bernard Shaw nació en una familia protestante en Irlanda y fue marginal en Londres. Freud era judío, pero nació en una comunidad calvinista y termino igualmente marginal en Londres. Marx, Sara Bernhardt, Mme, Curie, Napoleón, Churchill y muchos personajes hoy famosos nacieron de familias marginales en un sentido geográfico o económico talvez, pero se libraron de otras formas de marginalidad. Sesenta millones de europeo se convirtieron en marginales al traspasar el Atlántico y establecerse en América.
Nosotros en un sentido general directa o indirectamente abarcamos todas las formas posibles de marginalidad. Nos quedamos en lo etimológico: Marginal es el que está “al margen” y permanece allí. Marginalidad no se identifica necesariamente con la pobreza, ni nace históricamente de ella, marginalidad como status, como profesión como posición existencial, multidimensional y orgánica.
La marginalidad, como status y profesión, conlleva carencia de “sí mismo”, negación de su propia existencia, no conciencia, no contacto con sus necesidades y falta de un proyecto personal. El marginal vive en la desvalorización, cultiva la pasividad y le rinde culto a la dependencia, a la amargura y a la resignación. El marginal vive fuera de su “contexto propio”, individual, familiar social y espiritual. La marginalidad se consigna y reproduce no sólo en cerros y laderas, tugurios y casas de cartón, sino en casas de lujos y mansiones de adinerados. El nuevo requisito por ejemplo, es una forma de marginalidad.
Muchos afluentes, distinguidos, condecorados, y favorecidos con bienes de fortunas son marginales. Personas con poder, con sabiduría de libros, pociones de autoridad, son marginales. Muchos matrimonios, muchos padres y muchos hijos lo son. Todos ellos se asientan en el status, en el rol, en el poder o en la conveniencia como forma de ser importantes y son devorados por sus propias incongruencias. Hay marginales metidos a políticos. Los hay en el ejercicio de profesiones. Con actitudes suficientes de rechazo y maltrato hacia los demás.
Hay marginalidad en el médico que maltrata, ofende y comercia, en el abogado que cambia las verdades y la justicia, en el sacerdote que se violenta y condena, también la hay en el maestro que ofende, descalifica y no enseña. Lo es también el religioso, moralista y prejuicioso. Todos estos son disfraces de una inferioridad, desvalorización y baja autoestima.