Fundación Autoestima

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Vivir

Vivir es el objetivo de la vida. Vivir es la verdad de la vida. La vida es para vivirla disfrutando, y no para estar lamentándose o renegando de la mala suerte. La mala suerte o la buena suerte no existen, son pensamientos fabricados, una de las mejores cuartadas del ser humano para justificarse y no responsabilizarse por su vida. 

La vida se vive con conciencia para poder disfrutar la belleza de la vida en todas sus facetas, esplendor, en contacto con el placer y el bienestar que nos produce la vida. Esa actitud reflejará buena vida, la cuál será como una lámpara para las relaciones, y las oportunidades que en el camino de la vida se nos presentarán. 

Nadie nació para sufrir, aunque el sufrimiento existe, pero no para desvalorizarse o negarse a sí mismo. Todo ser humano tiene derecho de vivir su propia verdad con respeto y dignidad, y poder expresar su verdad con toda libertad. Porque sólo desde su propia verdad cada ser humano diseña la vida que quiere vivir y toma las decisiones que quiere tomar. 

Nadie puede vivir la vida ajena, tampoco pensar por nadie, ni hablar por nadie, ni sentir por nadie, ni soñar por nadie; cada uno vive su propia vida conforme a sus propias necesidades, significado y propósito de vida. Parte importante de la vida, es descubrir cuál es mi propia verdad. 

La vida consiste en ir recorriendo muchos laberintos de la intimidad, muchos rincones de nuestro acontecer diario, donde encontraremos lo agradable y lo desagradable, lo cotidiano y lo sublime, los aciertos y los fracasos, para encontrarnos con nuestra propia verdad, porque sólo la verdad nos hace libre. La vida y la verdad son las dos caras. Cada persona cultiva su propia verdad.  

Cuando soy consciente de mí, puedo enfrentarme a las contingencias y cambios de la vida, donde muchas veces habrá que recomenzar porque en el camino de la vida hay pérdidas y separaciones, pero sin perder el significado ni el propósito de sí mismo, para no desaparecer en las variaciones y la complejidad de la vida. 

Para relacionarme, para comunicarme y para decidir, necesito claridad con mi propia verdad, sin olvidar respetar la verdad del otro. Cuando aprecio y valoro mi verdad, todos los procesos del crecimiento fluyen, entonces, esta armonía hará que tenga buena salud, bienestar e interés por la vida.

Cuando por ignorancia o negligencia, dejamos de vivir la vida en su plenitud, atentamos en contra de nuestra autoestima. Si ignoramos la verdad propia para plagiar la verdad ajena como propia; dejamos de ser auténticos, caemos en el vacío, nos enfermamos, y morimos lentamente sin vivir la propia vida. 

Muchos mueren antes de la hora, porque hay un tiempo para nacer, y un tiempo para morir. Pero hay muchos que morirán sin haber conocido cuál era su significado, propósito y objetivo de vida. La muerte prematura, reflejan a una persona con una vida superficial y pobre de contacto, es decir, no hay conciencia de la vida, ni hay contacto con la vida. 

La vida de los seres humanos está formada para evolucionar naturalmente en forma de espiral, pero cuando por diversas razones del individuo se interrumpe este ciclo; se bloquea el contacto perjudicando el proceso de crecimiento y desarrollo de la autoestima en sus cuatro pilares: quién soy, mi origen, mi propósito y mis relaciones. Ignorar este proceso, es atentar en contra de la vida.

La vida no es una competencia de seres humanos, o una campaña publicitaria para destacar quien es el mejor, es decir, quien tiene más, quien puede más, quien sabe más, quien es mejor hijo, mejor esposo, mejor padre, mejor proveedor, mejor trabajador. No es competir sino vivir; vivir siendo quién soy, con dignidad, honra y respeto.

Vivir vale la pena, la vida es un regalo de Dios, para vivirla, disfrutarla, apreciarla, agradecerla; inténtalo no te arrepentirás. Pídele al Autor de la vida, que te conecte con la vida, para conocerla y vivirla, y comenzarás a vivir los misterios de la vida. 

El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

1 Juan 5:12

El Elefante

Me gustaría comenzar contándoles como entrenan a los elefantes en la India: toman un bebé elefante de dos pies y le atan una soga en la pata a un poste por dos o tres meses. El bebé elefante tratará de zafarse de la soga muchas veces, convencido de que ya no podrá zafarse, y así aprende que mientras esté la soga en su pata no podrá ir a ningún lado. 

Cuando el elefante ya es adulto, ha crecido hasta doce pies de altura; cuando lo quieren mantener inmóvil, lo único que tienen que hacer es atarle una soga a la pata, y en automático ya él sabe que no debe moverse, porque fue programado para cuando tuviese una soga en la pata no debería moverse. ¡Es impresionante, como a un animal tan grande le puedan controlar de esta manera! 

Los seres humanos también fuimos programados como el elefante bebé. Durante nuestro desarrollo como niños en los primeros siete años de vida. Fue en ese tiempo donde aprendimos la mayoría de las limitaciones que nuestros padres nos enseñaron, aunque no lo hicieron con malas intenciones; sino que repitieron en nosotros sus creencias y patrones. 

Por ejemplo, que no éramos capaces ni buenos para muchas cosas, y nosotros lo creímos, aceptando sus proyecciones de miedos e inseguridad, que hoy forman parte de nuestro marco pensante: creencias y patrones de vida.

Todas las programaciones que recibimos están grabada como una cinta en el subconsciente, ahí se formaron los paradigmas, patrones y creencias. El 95% de nuestros comportamientos, provienen de la programación recibida hasta los siete años. 

Pero el consciente tiene una actividad de apenas del 5%, es la parte presente, el aquí y ahora, es donde residen nuestras creatividad, necesidades, sueños, aspiraciones, proyectos y deseos. El subconsciente del niño comenzó a formarse desde la placenta de la madre mediante la conexión umbilical. 

Todo lo que el niño oye, siente y ve de su papá y mamá, no es cuestionable ni refutable, porque el niño no tiene la capacidad ni el desarrollo mental para discriminar, lo acepta, lo cree y lo establece como verdad para él. 

Las programaciones vienen de cinco maneras: la genética: papá – mamá, la familiares, la escuela, la sociedad y la religión; conectadas a cuatro formas típicas de expresar las programaciones que determinan nuestra posición en la vida: no sé, no tengo, no puedo, no debo. 

No sé, expresado con frecuencia quiere decir, no quiero saber. Es no querer responder para no exponerse a ser ignorante, o arriesgarse a equivocarse por falta de inteligencia emocional, limitaciones, miedos e inseguridad.  

No tengo, quiere decir: no quiero tener, es la típica forma de negar el sí mismo, los recursos, alternativas, capacidades y competencias. Por ejemplo, la pobreza, un patrón que responde a la programación de ser pobre; que se opondrá al derecho de tener. Los que afirman que no tienen, perpetúan en la pobreza victimizándose como pobres.

No puedo, quiere decir: no quiero atreverme por ignorar quién soy, y cuál es mi significado y propósito de vida. Para definir lo que quiero y, cuando lo quiero. Muchos viven frustrados e impotentes, por desconocer cuál es la razón de su existencia. 

No debo, quiere decir: no quiero dar la cara, no quiero arriesgarme a tomar decisiones por mis limitaciones, que otros lo hagan por mí. Perfecta coartada, para no responsabilizarse por su vida, ni enfrentarse a las decisiones que necesita tomar, ni a los errores y equivocaciones que conlleva vivir.

Te invito que hagas una lista de patrones y creencias, desde tu consciente, que te han acompañado hasta hoy. Te vas a sorprender cómo yo, que muchas de esas conductas no fueron tu elección, sino la imposición de los adultos que te influyeron. Cuando las tengas identificadas, reprográmate con las nuevas, que van de acuerdo a tu personalidad, significado y propósito.

Si quieres vivir la vida en plenitud y, en relatividad con tu diseño original, es decir, vivir siendo realmente quién eres; y no la persona que fuiste programada; tendrás qué tomar el control de tu mente subconsciente: para arrancar, destruir, arruinar, derribar esas programaciones, entonces estarás listo para edificar y plantar, las nuevas programaciones que van contigo. 

Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, esto hago. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.

Romanos 7:15-17

El Alpinista

¿Eres de los que piden ayuda para después hacerlo a tu manera?

Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcaguas, montaña de la cordillera de los Andes, ubicada en la provincia de Mendoza Argentina. Con una altitud de seis mil novecientos sesenta y dos, metros sobre el nivel del mar, siendo el pico más alto de América.

El hombre inició su travesía, después de años de preparación, pero era ambicioso y quería la gloria para él sólo, por lo que emprendió la escalada sin compañeros. Empezó a subir y fue cayendo la tarde, pero decidió no acampar, y siguió subiendo, decidido a llegar a la cima.

Oscureció y la noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver nada, por la intensa oscuridad. Todo era negro, cero visibilidad, y para hacerlo más denso, esa noche no hubo luna ni estrellas. 

El alpinista subiendo por un acantilado, a sólo cien metros de llegar a la cima, resbaló y se desplomó por los aires. Descendía a una velocidad vertiginosa, sólo podía ver, veloces, las manchas cada vez más oscuras en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionando por la gravedad. 

Mientras seguía cayendo, en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos los gratos y no gratos momentos de su vida, sabía que iba a morir. Sin embargo, de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos. Sí, como todo buen alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga atada a la cintura que lo sostenían.

Entonces en esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no pudo más que gritar: ¡ayúdame, Dios mío! De repente una voz grave y profunda de los cielos respondió su clamor: ¿qué quieres que haga por ti hijo mío?  ¡Sálvame, Dios mío! ¿Realmente crees que te puedo salvar? ¡Por supuesto Señor! ¡Entonces corta la soga!

El alpinista tubo un momento de silencio y quietud, pero él decidió aferrarse más a la cuerda, que al consejo de Dios. Al equipo de rescate que al día siguiente encontró al alpinista, le sorprendió, que estaba congelado, muerto y aferrado con fuerzas a las cuerdas, y a tan sólo dos metros del suelo.

Qué final de la historia tan triste. Admito que, me molestó la actitud del alpinista; que teniendo la oportunidad de salvar su vida, deliberadamente decidió hacerlo a su manera, costándole la vida. Cuando escribía la historia recordé una Escritura bíblica: 

No seas sabio en tu propia opinión, teme a Dios, y apártate del mal; porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio a tus huesos.

Proverbios 3:7-8

La incredulidad es una fortaleza mental, enemiga de la autoestima. Todas las veces que la incredulidad hace su aparición en la vida de una persona, es para hacerle tropezar y evitarle que no logre sus aspiraciones, sueños y anhelos.

El incrédulo es inseguro, cobarde, desconfiado, mentiroso y miedoso. El incrédulo no nace, lo hacen; me explico: tenemos dos mentes, consciente y subconsciente. La mente consciente, es la que nos hace estar, en el aquí y ahora, nuestro presente. 

La mente subconsciente, es una grabadora de alta tecnología con mucha capacidad de memoria, es el asiento de las programaciones, mapas, creencias y patrones, que recibimos en los primeros siete años de vida, inclusive, desde que estamos en el vientre de nuestras madres, estuvimos recibiendo su influencia emocional y del medio ambiente. 

Por ejemplo la incredulidad, es una de tantas programaciones que está grabada en el subconsciente como una experiencia y vivencia de la vida; y que en automático se activa para boicotear e impedir que se materialice un sueño, o un anhelo deseado.

El ejemplo, del alpinista es la evidencia, que, a cien metros de alcanzar su sueño, se desplomó al vacío. Urge un despertar de la conciencia, para identificar cuáles son las programaciones que te boicotean y te hacen tropezar, en tu desarrollo e inteligencia emocional; para que puedas vivir tu propia vida en plenitud y significado como una creación única y particular.

Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a las ondas del mar, que es arrastrada por el viento y es echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna de Dios.

Santiago. 1: 5-7

La Conducta de Un Inseguro

La conducta de un inseguro:

El inseguro es inmaduro emocional, lo que hace que se comporte como niño, piense como niño, hable como niño, viva como niño, y se relacione como niño. No sabe lidiar con sus emociones, y le cuesta mucho trabajo manejar los problemas. Es indeciso y le cuesta tomar decisiones; porque no cree en él, ni tiene confianza en sí mismo, por falta de inteligencia emocional. 

El inseguro es cobarde, miedoso, sensible, evasivo, no se arriesga, no se siente capaz, es inestable emocional, es ingenuo, víctima del engaño, desconfiado, posesivo y controlador. Sufre de ansiedad, de estrés, y se enferma con frecuencia. 

El inseguro es acomplejado e incrédulo. El inseguro le gusta competir para aparentar que sabe, que puede o que tiene. Vive a la defensiva, juzga, critica, y se enoja con facilidad, es dogmático y extremista. Es codicioso por miedo al futuro, por el fantasma de su pasado, y con frecuencia se deprime.

¿Cuáles son las causas de la inseguridad? Son tres las causas: abandono, rechazo, y comparaciones; su epicentro, en hogares de familias disfuncionales. La comunicación en estas familias limita al niño, metiéndolo en un callejón sin salida, es decir, que lo convierten en codependiente, frágil, débil, miedoso, introvertido, incapaz de asumir los riesgos de la vida; es como si lo hubiesen amputado emocional.

La antítesis del inseguro, son las personas conscientes de su autoestima. Estas personas viven en el aquí y ahora, centrados en el presente; viven la vida con sensatez, compromiso y responsabilidad. Saben lo que quieren, cuándo y dónde. Conocen bien sus límites, sus fortalezas, y sus debilidades, y cuando necesitan ayuda la buscan.

La vida la viven desde otra perspectiva, son efectivos en su desempeño de la vida. Actúan diferente ante las contingencias, saben que hacer, cómo manejar sus recursos y alternativas, en busca de soluciones apropiadas y congruentes. Son conscientes que son una creación trina, es decir: espíritu, alma y cuerpo. La vida la viven en balance, y en armonía con su ser trino.

Tienen confianza y seguridad en sí mismos. Saben que no son perfectos, que pueden equivocarse en cualquier momento; por eso saben pedir disculpas o perdón, para tener sus consciencias libres de juicio y culpa. Su madurez e inteligencia emocional, lo hacen prevalecer ante las adversidades de la vida.

Dan la cara en todo momento ante los problemas, no se esconden, ni evaden; y cuando se comprometen cumplen su palabra. Sus relaciones no son de codependencia, ni asfixiantes, no buscan controlar la vida de nadie, ni pretenden demandarle presencia obsesiva. 

El inseguro está lejos de este estilo de vida, cuando aparecen los problemas se frustran, se siente confundidos, se rinden, se paralizan, se quieren morir, se bloquean, no saben si llorar o gritar, se amargan de la impotencia, agreden e insultan a los demás con un lenguaje inapropiado.

La solución para el inseguro pudiera ser: buscar ayuda profesional especializada, incluyendo la espiritual, para tratar los asuntos relacionados con su autoestima, sus vivencias y experiencias de la niñez que le dejaron heridas y traumas emocionales. El inseguro vive el pasado como su presente, lo paradójico es, que niega el presente por estar anclado en el pasado.

El inseguro tiene edad cronológica de adulto, pero vive como un niño en cautiverio, anclado en su pasado sin crecimiento, ni desarrollo en su autoestima. El inseguro sede su derecho y su dignidad, hipotecándose para que lo acepten, lo quieran, lo adopten, y se compadezcan de la pobre víctima, como todo un damnificado. 

Y como siempre, no faltarán quienes se sientan responsables, obligados, o culpables desde su proyección; a rescatar y ayudar a “la pobre víctima” haciendo aún más patético el problema del inseguro. 

Quítese de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.

Efesios 4:31

Hijo

Un hijo: traer un hijo a la vida no solamente es un evento biológico, y aunque la mayoría tenemos la capacidad de procrear, ser padre implica más que eso. 

Es fundamentalmente un acto de amor, con el compromiso de atender las necesidades intrínsecas para el desarrollo del hijo; de garantizarle las óptimas condiciones para su desarrollo integral: mente, cuerpo, espíritu, y social. 

Ser padre no es un derecho que se derive de la edad física, ni de las condiciones del órgano sexual. Es más bien la conciencia, de darle al otro la vida y lo mejor de sí, garantizandole al hijo: presencia, formación, educación, disciplina, recursos, protección y apoyo.

Es cuidarlo, protegerlo y guiarlo como ser humano en su conciencia propia, en su autoestima, valoración, respeto y dignidad propia, en su visión de la vida y responsabilidad por sí mismo. Para ser padre, habría que tener una clara conciencia del significado del vínculo, la relación, las competencias y desempeño para las funciones de padres.

El derecho se tiene cuando se tiene la conciencia, el compromiso y la responsabilidad, para garantizarle el contacto al hijo. Se tiene derecho cuando el hombre o la mujer se han ido preparando para la misión, función y desempeño; convirtiéndose en la referencia y modelo a seguir para el hijo.

No basta concebir, ni parir, es necesario: formarlo y modelarlo congruentemente; ofreciéndole y garantizándole al recién nacido: presencia, contacto, información y las referencias; para el desarrollo de su autoestima y las competencias para la vida. Un hijo por derecho, merece recibir lo mejor de sus padres en todo lo sentidos. 

Un hijo es una persona que viene a este mundo, para crecer y desarrollar su propósito de vida, para vivir su propia vida con las garantías que necesita para su crecimiento y desarrollo. Un hijo exige dedicación, algo más que la improvisación empírica y el control de muchos. Un hijos necesita que se le garantice las óptimas condiciones para la vida: valores, principios, ética, respeto, bienestar, estabilidad y protección.

Los padres deberían preguntarse antes de ser padres, ¿cuál es la verdadera motivación?, ¿con qué cuentan?, ¿qué tienen para ofrecerle a ese hijo?, ¿qué oportunidades tienen para ofrecer para ayudar a su desarrollo? Dar vida a un ser humano; es sin duda un acto de amor incondicional,deresponsabilidad, compromiso, generosidad y de trascendencia. 

Los padres debiesen asegurarse de prepararle a ese hijo, las mejores condiciones para un desarrollo integral con todas las oportunidades. La no conciencia de muchos, hace que se le desgracie la vida a muchos otros, por falta de un proyecto familiar, por la no conciencia y por la comodidad, que los privan de tener claridad en el propósito de sus funciones, desempeño y responsabilidad para ser padres efectivos. 

El niño necesita que se le respete su derecho a vivir una vida con sentido propio, respeto, dignidad, autonomía, congruencia y todas las oportunidades que necesita para su desarrollo y crecimiento.  Y vosotros padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor. Efesios 6:4

Mi recomendación: si hubo algún hijo que se sintió identificado con el tema, sería oportuno y saludable; tomar la valiente y sana decisión, de reconciliarse con sigo mismo y con sus padres. Ningún hijo tiene licencia para ser juez de sus padres; independientemente que ellos hayan fracasado en sus funciones, desempeño, y responsabilidades como padres. El rencor es tóxico y amarga, rompe los vínculos; y detona enfermedades  psicosomáticas. 

Dios en su sabiduría, estableció un mandamiento con promesa para los hijos. No te pierdas esta bendición de Dios, el único requisito para activar la bendición, es obediencia voluntaria:

Hijos, obedecer en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

Efesios 6:1-3
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