La rutina un enemigo de la autoestima: en este momento, en muchas partes del mundo, está amaneciendo y en otras atardeciendo. Para unos está comenzando un nuevo día con los mismos rituales, con las mismas prácticas convertidas en rutinas, con los mismos problemas a los cuales se le da la misma solución, para un día con “más de lo mismo”, con pocas gratificaciones y satisfacciones por vida.
Para otros significa haber concluido una jornada de trabajo, regresar al hogar, con la necesidad de ser tomado en cuenta por los suyos para encontrarse con las mismas caras, y con algún pequeño incidente que produce frustración, rabia y fastidio, nada que prometa algún cambio importante. Y al día siguiente despertarse, para salir de la casa, para repetir las mismas rutinas, con las mismas obligaciones: los niños, la pareja, el tráfico, el jefe, la cita médica, los compañeros de trabajo, las muchas tareas pendientes, además de tener que soportar a los clientes impacientes con el mismo diálogo interno que roban la energía y calidad de vida.
Es volver a encontrarse con las mismas novedades sobre el país, la economía, la inseguridad, las tragedias, para llegar al trabajo, y pasar ocho horas o más haciendo lo mismo que ayer, con las mismas relaciones, con el mismo jefe, y con el poco contacto, con el mismo fastidio, aliviando el fastidio y el aburrimiento con la misma comida, y el mismo tema del día anterior, etcétera. Lo que más estresa, es tener que hacer cosas que ya ni motivan, ni inspiran, ni gustan, sin lograr inventar algo que nos libre del “más de lo mismo”, al que estamos acostumbrados y conformados por mucho tiempo a la misma rutina. Quizás habrá una minoría, menos del 10% para quienes trabajar significa hacer algo que les apasione, que les haga sentir más competentes, más innovadores en algún determinado renglón, participando ocasionalmente en algún proyecto que les produce bienestar y satisfacción.
Lo obvio es que existe una gran diversidad de eso que llamamos cotidianidad. Unos trabajan por necesidad, otros por deber, unos por dinero, por un futuro mejor, unos porque ese es el paradigma con el cual nacieron y por eso, “te ganarás el pan con el sudor de tu frente”, otros porque querrán descubrir oportunidades y garantizar una vejez feliz, o para agregar valor y ser útil. Todos invertimos ocho o más horas diarias en esas experiencias de trabajar, una experiencia que si valoramos y las disfrutamos se convierten en crecimiento y en motivación para iniciar muchas otras cosas que esperamos de la vida. No todo resulta según se planifica. La rutina mata las buenas intenciones y sepulta a millones de personas en la irrelevancia o en la repetición de prácticas que se vuelven aburridas porque agregan poco o ningún valor a la vida.
Llama la atención ver algunos de los centros de trabajos, ahí encontrarás a muchas personas que viven y trabajan desmotivadas, cansadas, estresadas, descontentas, malhumoradas, aunque digan estar contentos con lo que hacen, el lenguaje corporal dice algo diferente: Desgano, falta de interés, compañeros tóxicos, un clima de trabajo cargado de tensiones, de problemas interpersonales no resueltos, chismes, rumores, envidias, maltrato e irrespeto. Lo que abunda es fastidio, aburrimiento, miedo a perder la fuente de ingreso, dejando ver su baja autoestima.
Cierro: la tendencia humana es dejar de soñar, de aspirar, de visualizarse haciendo lo que le gusta hacer, esto se debe en parte, a una conciencia adormecida. La vida es más de lo que muchas personas creen y viven. Un cambio de actitud sería el comienzo al camino de una vida libre, de crecimiento, de satisfacción y de plenitud. Sin olvidar que sin separación no puede haber transición.